La muerte y la brújula engordada 1/9/2017
Escritor argentino, ensayos, relatos
Literatura latinoamericana, narrativa argentina

Comencé el año ordenando el caos de mi escritorio y bibliotecas, los preparativos para las próximas tres semanas de vacaciones y con la preselección del material para un curso que dictaré en la Feria del Libro  2017.

A propósito del curso, recordé a uno de los escritores argentinos que más me motivó: me refiero a Fogwil, primero por las lecturas de sus textos y sus comentarios de los míos; luego, por una entrevista que le hice en 1992 y las charlas que se sucedieron; esas evocaciones acudieron años después, en 2015, cuando publiqué en mi blog:  http://daniloalberovergara.blogspot.com.ar/2015/11/relato-sobre-la-entrevista-fogwill.html ; el pdf de aquella entrevista junto con mis recuerdos de cómo y dónde se realizó serían parte de mis preparativos del curso.

Releí la entrevista y el texto, rescaté sus experiencias como escritor modélico en la narrativa argentina, cuando intervino y glosó a otros escritores: Virginia Woolf, Victoria Ocampo, David Viñas. Pero, su intervención más brillante, fue cuando parodió a El Otro con el comienzo: "La pesada mañana de febrero en que Vera Ortiz Beti tuvo esa muerte espectacular que ella misma hubiese elegido, al salir de la torre de Madero, mirando hacia la Plaza San Martín vi unos peones de mameluco blanco...".

Lo importante, al momento de nuestra entrevista, fue la autocrítica que hizo sobre las experiencias de parodiar ostensiblemente a escritores consagrados, lo que él llamó: "buscar falsos parentescos".

Ahora comentaré lo que se ha llamado "operación experimental" -o algo así-, recurso actual de la narrativa argentina; trabajo perpetrado por -gloso a Cervantes- "un quídam caporal porteño". En realidad, no fue una "operación..." reciente, su actualización deviene a raíz del escándalo que ha provocado.

Desde aquella entrevista y las conversaciones posteriores que tuvimos cuando yo vivía en la calle Juncal y él aparecía a la hora de cenar, resolví seguir los pasos de la "víctima" protagonista de la "operación-escándalo", que fue -y es- defendida por algunos escritores y críticos, con el mismo tesón con que el tosco Ayax y el cornudo Menelao protegieron el cadáver de Patroclo; defensa de la cual, para no quedar fuera del tren del escándalo y de la prensa, no escaparon las tres asociaciones que representan a los escritores argentinos.

Lo primero que pensé fue en lo que habría dicho Fogwill a propósito de todo esto, no hay manera de saberlo; sí especulé cuáles habrían sido mis argumentos para empezar la charla.

Habría comenzado apelando a sus saberes de sociólogo y publicista y, de manera anacrónica, le habría dicho: "Fogwill -nunca lo llamé 'Quique'- a mí esta forrada literaria me recuerda a la actitud de Donald Trump, quien, en vez de pagar en los medios, optó por la provocación y el escándalo; le traían publicidad, y gratis, por mucho más tiempo. A vos, ¿qué te parece?...".

Pasada esta conversación imaginaria, de nuevo frente a hojas de papel y mi estilográfica, amparado por la parábola -literaria ya que no bíblica- de una crítica y escritora argentina a propósito de la "operación experimental": "La intervención sobre una obra es más un homenaje que una afrenta", puse manos a la obra con mi experimento. Dejé la Waterman Serenité de madera de cocobolo y el cuaderno y busqué dos textos de Borges por internet: "El Golem" y "La muerte y la brújula". Y seguí los pasos del "quídam caporal...".

Con "El Golem" lo tuve fácil; bajé el poema, pero no precisé llevarlo a una planilla Excel; mucho más sencillo, con la tecla Alt del teclado y el botón izquierdo del mouse iluminé de manera vertical las tres primeras letras del poema; luego busque el comando ordenar en la interfaz usuario de Word y obtuve dos versiones: una ordenada alfabéticamente en forma ascendente –con comienzo: "a la vasta criatura apodó Golem"-; otra, descendente, con: "ya que a su paso el gato del rabino". Pas mal, era más fácil de lo que imaginé.

Un hormigueo de emoción me recorrió el cuerpo "qué fácil es intervenir textos", la fama y el escándalo estaban a mis pies.

Para mi desgracia me acordé del cuento de Ring Lardner, la historia de un tenedor de libros, devenido poeta, que dividía sus poesías en fragmentos pensando que ganaría más dinero al venderla a los periódicos; sin saber que era víctima de un viajante de comercio bromista; in altre parole "...Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza...". Fui a la biblioteca busqué el libro de Ring Lardner, releí el cuento, me sentí un poco decepcionado con mis ordenaciones alfabéticas; el hormigueo ahora era sólo en mi labio superior. Pensé que no era soplar y hacer botellas. Insistí.

Me senté de nuevo frente a la pantalla bajé la copia de "La muerte y la brújula", empecé a leerla y a marcar con un número entre paréntesis dónde planearía su obesidad -mórbida-; abrí un documento Word paralelo: "Cebar 'La muerte y la brújula', ideas y links" y allí iba anotando ideas para el engorde. El hormigueo en el labio superior era insoportable, además me lagrimeaban los ojos.  

Fui al baño a colocarme suero y me vi en el espejo.

Vi que me había crecido un bigote de guías engomadas como los del Kaiser Guillermo II; vi mis lentes de contacto, transformados en espejuelos redondos; vi, debajo de mi labio inferior, un minúsculo triángulo de barba; vi el cuadro Desnudo bajando una escalera de Duchamp y, detrás de él, las fotos de Eadweard Muybridge; vi el desfile de las carrozas de la Krewe of Muses en el Mardi Gras de 2012; vi un cuento de Hemingway y, detrás de él, un pasaje de El hombre que ríe de Víctor Hugo; vi el Guernica y, detrás de él, Los fusilamientos del 3 de mayo, también un cuadro de Caravaggio y otro de Guido Reni; vi un atardecer sobre el Cuerno de Oro desde la torre Gálata a la hora del salat; vi Las mil y una noches argentinas de Draghi Lucero; vi la página de un libro de Margaret McMillan donde había subrayado la opinión de Eduardo VII a propósito de su sobrino, el Kayser Guillermo II, en una carta que había enviado a su madre, la reina Victoria: "... tu nieto, mi sobrino, es el mayor mediocre del mundo por mérito propio..."; vi la bata de Samuel Tesler y, detrás de ella, el escudo de Aquiles de Homero; y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto esa carta secreta que Eduardo VII le había enviado a su madre.

"Pelotudo te habrás quedado por meterte donde sólo los que conocen las palabras de Alí Babá, rey de los ladrones, pueden entrar -me pareció escuchar a Fogwill decirme desde el fondo de mis recuerdos; porque ahora estábamos en mi viejo departamento de la calle Juncal-, terminemos con este dry Martini, andá a buscar Muchacha Punk y leamos juntos Help a él".

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