El País donde florece el limonero 4/30/2018
El país donde florece el limonero, de Helena Attlee, traducción de María Belmonte, Barcelona, Acantilado, 2017.
Danilo Albero Vergara escritor argentino

Quizás el título más apropiado para esta reseña debería ser otro, más acorde con su contenido abarcador; porque al abrir el libro en la primera página, nos encontramos con un mapa de la península de Italia: desde Calabria hasta la llanura Padana, y de Sicilia, desde el mar Jónico al Tirreno, donde las únicas marcas geográficas son los cultivos de naranjas y limones. Esta presentación  es ya una razón suficiente para leerlo. Mejor aún, comprarlo.

El País donde florece el limonero, es una obra poco común, indefinible: cuaderno de bitácora de un Grand Tour anacrónico; autobiografía; historia o historia del arte de Italia; guía de viajes; tratado de fitología; historia política; recetario de cocina y repostería; saga familiar -la del género Citrus-. Este rosario enciclopédico enhebrado por un hilo conductor: los cítricos de Italia. Otra manera de contar la historia donde los personajes son, entre otros: limones, naranjas, mandarinas, pomelos y sidras; "La historia de Italia y sus cítricos", como aclara el subtítulo.

En primer lugar, el texto es el relato -mejor, un Bildungsroman-, dividido en 16 capítulos, de la pasión de Helena Attlee por los cítricos. El relato comienza con el primer desembarco de la autora en Italia, un largo viaje que comenzó en Londres cuando era estudiante universitaria, con escala en París para abordar el tren Palatino que iba directo a Roma, y su primera visión del país, más adecuado sería: satori o epifanía; al despertar en el coche dormitorio "en la Riviera  italiana, en algún lugar cerca de Ventimiglia", la joven peregrina, levantó la cortinilla de su camarote dormitorio y vio limoneros en el andén de la estación. El hecho que, al momento del viaje, los pasajes en avión fueran muy caros para una estudiante universitaria, que optó por más accesible el tren, fue una coincidencia que resultó en un satori o epifanía; porque para Helena Attlee, como Saulo en su camino a Damasco, la visión marcó su vida y su destino.

Terminados sus estudios, la autora volvió a Siena para un período académico y allí brotó su pasión por los cítricos. Desde entonces visitó jardines, viveros, palacios y villas; a lo largo y ancho del país, con disciplina británica y regularidad de metrónomo: del Véneto a la Toscana, de Calabria a Sicilia. A lo largo de estos periplos entrevistó y entabló amistad con jardineros, botánicos, agricultores, cocineros, periodistas e historiadores. El lector, a lo largo de 16 capítulos -más una guía de lugares a visitar, cronología y bibliografía-, la acompaña en esa inmersión histórica, sensorial y estética. Hablando en términos botánicos: cidra, bergamota, limón, naranja, naranjas sanguinas, naranjas ácidas, mandarinas, pomelos y sus usos culinarios y no culinarios.

Al correr de las páginas transitamos el recorrido de los cítricos desde Asia, fundamentalmente China e India, su cruce por el Mediterráneo para recalar en la Magna Grecia, al sur de Italia, continuando por fragmentos de la presencia de los romanos o la familia Medicea, que agrega un capitulo botánico a su ya prolífica historia de banqueros, casas reales, papados, intrigas palaciegas, científicos, artistas y mecenas.

Trascartón saltamos a comienzos del siglo XX y la conexión de los cítricos italianos con el origen de la mafia siciliana y la importación de limones a Inglaterra y Estados Unidos -que el origen fueron los limones, no el aceite de oliva como lo cuenta Mario Puzzo en la novela de Don Vito Corleone.

A modo de ejemplos de los múltiples entremeses -de los dos: culinarios e históricos- es de destacar el rol protagónico principal que le toca a los paseos de la bergamota -ya que no la naranja del Twist del Mono Liso de María Elena Walsh- por la perfumería y el Eau de Cologne -tan cara a Luis XV, Napoleón Bonaparte, Beethoven, Goethe y Voltaire- y su rival el 4711; para, de paso, perfumar el té Earl Grey.

Como cierre bélico cítrico y casi como la Batracomiomaquia o Batalla de las ranas y ratones, parodia épica de La Ilíada atribuida a Homero -con muchas otras paternidades en disputa, que en literatura no hay análisis de ADN que valga- es de destacar el capítulo "La batalla de las naranjas en Ivrea".

Luego de revisar subrayados y notas en los márgenes del libro y volver sobre algunos de sus pasajes e historias, enlazados por cuidados y elegantes parécbasis, reflexioné, al principio de estas líneas, si un título más apropiado para la reseña no sería otro, más acorde a su contenido abarcador. ¿"Cuando el Aleph es un cítrico"?

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