EL OCHO DE COPAS 7/2/2018
Miguel Ortemberg escritor argentino
Literatura, relatos, poesía, literatura latinoamericana, novelas

Los chicos se alegraron al ver las visitas; lo querían mucho al negro. Carmen estaba cohibida y se quedó a un costado esperando que la presentemos. Luego de los besos y los abrazos, Osvaldo les presentó a Carmen. Ella le entregó un paquete a Mariana, se trataba de una remera colorida; mi hija se ruborizó..., luego les agradeció.

A Gabriel se le salían los ojos de las órbitas, lo invadía la incertidumbre; estaba al borde de la risa o del llanto, estiraba el cuerpo para ver dentro del bolso de Carmen; ella al verlo así se apresuró a entregarle un gran paquete de caramelos de leche, de esos que se pegan en los dientes.

Nos sentamos en los sillones, cerca del hogar, y conversamos entre todos: el televisor seguía prendido, nos enganchábamos de a ratos en las cosas interesantes. Yo le hablaba a Carmen, quería que se sintiera bien. Estaba sentada junto al negro, recostada sobre su pecho; tenían las manos entrelazadas sobre la mesa y se las acariciaban. Me daba placer verlos enamorados, próximos el uno del otro con tanta simpleza.

Carmen contó que trabajaba en la Municipalidad de Moreno y que estudiaba escultura con un gran maestro, Carlos Ferrari, autor del Ghandi que está emplazado en Parque Saavedra.

Le dije que me gustaría ver sus obras; me contestó con sencillez que recién hacía un año que estudiaba.

Mariana comentó preguntando, si se habían conocido haciendo escultura, pero el negro dijo que no, que se habían conocido en el subte Retiro-Constitución. Creíamos que era un chiste, pero él insistió:

—Yo jamás estudié escultura, hago lo que puedo. En serio, subí al subte en Diagonal Norte y atrás mío subieron cien más y quedamos enlatados como sardinas; no sé si es el lugar adecuado para hacer pareja..., fue sin querer, estábamos tan juntos que no nos quedó más remedio que conversar...

Llegaron mis viejos con un paquete de masas finas. La vieja venía muy abrigada, el viejo en camisa, porque él no sufría las bajas temperaturas. Nos besamos y Mariana se fue con la abuela a preparar un mate; Gabriel se sentó a upa del abuelo. Desde que dejó el trabajo de peletero, pasa largas horas con su nieto. El sigue haciendo diferencias, prefiere a su nieto varón y no lo disimula. Se van caminando por la vereda del sol casi todas las tardes. Mi viejo de setenta y tres años y Gabrielito de siete; setecientos treinta y siete años entre los dos, porque esa amistad es más vieja que el mundo. Se aman intensamente y recalan en la calesita del Parque Avellaneda, o dan interminables vueltas en el trencito de trocha angosta que lo recorre. Y vuelven de la mano... ¡Son lindas esas manos agarradas! Aún hoy vuelven charlando cosas que sólo los sabios y los inocentes pueden entender. Hablan de las plantas y las flores, de las nubes y los pájaros. Mi viejo le enseña el nombre, juntan semillas de eucaliptos, o cortan algún brote y lo plantan en el jardín.

Mientras hablábamos de cosas cotidianas llegó la vieja con el mate. Como éramos muchos, nos reunimos alrededor de la mesa. Éramos siete hasta que llegó Martita con empanadas recién hechas. Empanadas, vino tinto, mate dulce o amargo a elección, masas finas... ¡toda una orgía para el domingo a la noche!

Mariana invitó a jugar al chin-chon y nos prendimos todos, salvo Gabriel que quería jugar a la casita robada porque no sabía. Se subió a upa mío: le dije que jugáramos juntos.

Éramos ocho en la mesa, cuatro comodines, cien cartas españolas porque con un solo mazo no alcanzaba. Jugábamos chin-chon mano por mano, carta por carta; intentando armar el juego propio, buscando trabar el de los demás, observando qué cartas levantaban, de cuáles se desprendían. A nadie le gusta perder...

Gabrielito jugaba conmigo, yo le explicaba. Pero más le explicaba, más me vendía con gestos y exclamaciones. Mi vieja estaba de suerte, cortaba y cortaba con menos diez. Mariana también estaba de liga. El negro y Carmen a media agua se mantenían con treinta puntos. Martita fusilada igual que yo con más de ochenta y mi viejo no existía, tenía ciento veinte y pedía enganche con noventa y nueve. Pero mi vieja, en actitud severa, se lo condicionaba a que pare de comer.

La luz descendía impregnando nuestros rostros y manos, generando sombras sobre el mantel, detrás del mate, de la pava. Luz y sombra. Farol hacia arriba, noche; farol hacia abajo, día, y en los alrededores... atardeceres, anocheceres... Dos aguas se mezclaban: una dulce, la de los rostros de los niños; la otra salada, la de la inocencia perdida.

Sucedió lo imposible: Carmen, con voz tenue, dijo lo indecible... «¡chin-chon!», y ahí nomás, cortó. Nadie lo esperaba, fue un balde de agua fría, ¡qué envidia! Mi vieja que iba ganando estaba resentida; mi viejo se reía y le decía que era un castigo del destino por no dejarlo comer en paz.

Miramos el noticiero de las doce, charlamos un rato más y apareció el cansancio. Gabrielito se había quedado dormido en mis brazos.

El negro y Carmen se despidieron; querían estar solos. Mis viejos también se fueron. Mariana salió a saludarlos, yo lo hice desde la silla. Martita calentó el agua y se sentó nuevamente.

Quedamos cuatro, uno dormido. Martita cebó unos mates en silencio, después me preguntó si yo quería que ella me tirase las cartas. Creía que se trataba de un chiste, pero ella insistió mientras separaba un solo mazo y lo mezclaba con rara habilidad.

Le dije en broma:

—Yo no sabía que eras bruja—; se sonrió como gozando lo que había escuchado, y me contesto:

—Lo que sé de esto lo aprendimos juntas, con Eva, en lo de Cristina...

Quedé impávido. Eva nunca me había contado de ese tipo de inclinaciones. En realidad seguía sin creerle. Pero ella reafirmó:

—Tal vez hay muchas cosas de Eva que no conociste, ella era muy especial. Bueno, ¿querés que te tire las cartas o no?

A mí nadie me había tirado las cartas en mi vida. No sabía qué hacer, pero reconozco mi curiosidad... dudé. Martita dijo entonces:

—El que calla otorga—; y prosiguió. Mariana no hablaba, pero participaba atentamente de la situación. Parada detrás mío rodeaba con los brazos mis hombros.

Martita mezcló bien un solo mazo varias veces; había separado, previamente los comodines, cuarenta y ocho cartas españolas. Después me pidió que corte con la mano izquierda y dispuso veintitrés colocándolas tal cual salían, en un círculo perfecto sobre la mesa. Al terminar, me indicó que eligiera tres y las diera vuelta. Yo estaba a esa altura medio hipnotizado, no sé por qué le daba importancia a la situación.

La primera carta que abrí fue un rey de bastos; la segunda, una sota de espadas al revés; y la tercera, un ocho de copas. Ella se quedó en silencio, mis manos transpiraban, Mariana preguntó:

—¿Qué quiere decir?— Contestó:

—El doce es el mundo, la sota es la esfinge y el ocho, la justicia. El doce de bastos es un hombre fuerte, generoso, con temple. La sota invertida, una mujer morena que partió y el ocho de copas es símbolo de reunión, abundancia, fecundidad, representa la posibilidad de estar bien juntos. Luego me dijo que levante cinco cartas más, pero me negué; le pedí continuar en otro momento; no quise seguir; alabé sus empanadas, nos saludamos, y se fue...

Acosté a Gabrielito que seguía profundamente dormido, pero no pude desprender de su mano el paquete de caramelos.

Mariana, desde su pieza, me llamó. Pedía el «beso de las buenas noches»; la besé en la frente y le acaricié la cabeza. Ella me besó. Cuando estaba por apagar la luz me dijo:

—Papá, ¿sabés una cosa?

—¿Qué?—, le contesté...

—Yo creo en Dios, pero me parece que es muy egoísta.

—Estás enojada con él porque se murió mamá, ¿no?...

—Sí, estoy enojada...

—Bueno, no te preocupes... es lógico... yo también; ¿la extrañás?

—¡Sí!, ¡la extraño mucho...!

—A mí me pasa lo mismo. Tratá de dormir que ya es tarde. Chau, dulce...

—Chau, papá—. Me tiró un beso y apagué la luz, después salí al jardín y al levantar la vista me estrellé contra el cielo rotundo de Mataderos.

 





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