La navaja de Murphy 3/1/2021
Danilo Albero Vergara escritor argentino
Literatura, relatos, crítica, comentarios sobre libros.

Siguiendo una rutina que lleva más de un año de pandemia, trato de caminar un mínimo de setenta cuadras -alrededor de hora y media teniendo en cuenta los semáforos- tres veces por semana. El método es simple: elijo una calle que me interesa y, desde allí la remonto, durante tres cuartos de hora, lo más lejos que puedo. Al regreso, controlo en la vieja Guía Filcar en papel -motivos generacionales me hacen desconfiar de las distancias indicadas en el Google Maps del celular; me he perdido más de una vez siguiendo sus instrucciones- y trato de calcular los kilómetros recorridos. El problema surge con calles o avenidas en diagonal, como avenida Las Heras en el tramo que separa Jardín Botánico del Zoológico. En mi última caminata, el trayecto recorrido se acababa en una página de la Guía Filcar y una anotación, en el margen derecho, me indicaba que la continuación estaba tres carillas después. Busqué y, justo en esa intersección faltaba poco más de una cuadra. De inmediato saltó una de las nuevas versiones actualizadas de la Ley de Murphy.

Edward Murphy fue un ingeniero de la fuerza aérea que, entre 1947 y 1949, dirigió experimentos con un carro montado sobre rieles e impulsado con cohetes para medir los efectos de la aceleración brusca y el incremento de la fuerza G en el organismo humano -estudios imprescindibles en el futuro entrenamiento de astronautas-. Primero experimentaron con un muñeco al que adosaron sensores; luego, monos hasta llegar al momento que utilizaron un piloto; el encargado del cableado de sensores los conectó mal y la experiencia dio cero. Edward Murphy comentó con desprecio del técnico -relata refero-: “si tiene una forma de cometer un error, lo hará”. Una versión posterior dice: “si algo puede salir mal, saldrá en el momento menos oportuno”; la lluvia nos sorprende sin paraguas, las linternas se quedan sin pilas cuando hay corte de luz y tampoco tenemos velas y si las tenemos no tenemos fósforos o encendedores a mano. Interpretaciones posteriores a esa versión ofrecen ocho variantes a la Ley de Murphy, la tercera atañe a mi Guía Filcar y es: “La información más importante de cualquier mapa está en el doblez o en el borde, lo que nos obliga a buscar páginas más atrás o hacia adelante para orientarnos”, en mi caso, de manera infructuosa.

Arturo Pérez Reverte, experimentado navegante a vela, dijo en alguna nota que, pese a que su barco, como exigen los reglamentos, tiene toda la parafernalia moderna para ubicarse: GPS y ecosonda; no pierde la costumbre de practicar con elementos ya obsoletos, sextante y un par de cronómetros navales para determinar latitud y longitud; además, cartas de marear, para saber la profundidad en proximidades de la costa. Su explicación es para tener en cuenta, si en algún momento el sistema satelital palma puede contar con sextante y cronómetros; y si la ecosonda la diña, tiene las cartas de marear. De la misma manera, en las zonas grises de las diagonales de mi Guía Filcar, busco calles adyacentes que forman los costados del triángulo, calculo su longitud por la numeración ya que nuestro sistema cartesiano nos da cien metros -o cien números- por cuadra. Si las calles forman un triángulo rectángulo aplico la fórmula del cuadrado de la hipotenusa que es igual a la suma del cuadrado de los catetos -teorema de Pitágoras viejo y peludo-, si no forman un triángulo rectángulo basta formar dos con la bisectriz entre las hipotenusas y hacer los cálculos necesarios. Simple como la navaja de Ockham.

Guillermo de Ockham, fraile franciscano y filósofo inglés del siglo XIV formuló un principio metodológico usando el símil de una navaja para eliminar dispensables en una hipótesis, y este postulado se resume en sus palabras: “La pluralidad no se debe postular sin necesidad (“Pluralitas non est ponenda sine neccesitate”), o sea, si para explicar un proceso o fenómeno, tenemos dos o más argumentos lo más razonable es aceptar el que presenta menos supuestos no probados: si dos o más explicaciones están en igualdad de condiciones, no se debe tener en cuenta una explicación complicada si existe otra más simple.

Como todo principio, la navaja de Ockham, tiene sus refutaciones entre otras: en ciertas ocasiones la opción compleja puede ser la correcta; o la explicación más simple es la más probable, aunque no necesariamente la verdadera; o en palabras de Albert Einstein: “Todo se debe hacer tan simple como sea posible, pero no más simple”. Todas estas reflexiones pueden estrellarse, como el Titanic contra su iceberg, si el diablo de las ocho variantes de Las Leyes de Murphy mete la cola y estas son: la primera es la conocida y la tercera me pasa con mi Guía Filcar; la segunda: la tostada siempre cae del lado de la manteca con dulce; la cuarta: los pares de calcetines siempre van de dos en dos antes de entrar a la lavadora y de uno en uno al salir de ella; la quinta: llevar un paraguas cuando hay previsión de lluvia hace menos probable que llueva; la sexta: la otra cola siempre es más rápida; séptima: siempre se encuentran las cosas perdidas en el primer sitio en el que las buscamos; octava: no importa cuántas veces se demuestre una mentira, siempre quedará un porcentaje de personas que creerá que es verdad.

Esta última variante, en estos momentos de larga pandemia, y moral y ética tan cambiantes, es la que me lleva a un nuevo principio de mi autoría “La navaja de Murphy” y que es una variante de un razonamiento de, Jean Buridan, discípulo de Ockham, quien ilustró, con un pequeño relato “El asno de Buridan”, momentos de incertidumbre cuando se pretende racionalizar lo irracional. El asno de Buridan, al tener que elegir entre dos montones de paja iguales para comer, murió de hambre por no encontrar ninguna razón para diferenciar -o preferir- uno u otro.

De la misma manera en la actual -y global- encrucijada de la pandemia, de ética y moral tan cambiantes, como simples seres del llano, cuyo destino es regido por los poderosos de siempre, nos encontramos como el Asno de Buridan, bajo el filo de La navaja de Murphy o, mejor -la vida imita al arte- como el protagonista de una canción de Ney Matogrosso.

La canción se llama Homem com agá (Hombre con hache) y su letra dice: “Nunca vi rastro de cobra / Nem couro de lobisomem / Se correr o bicho pega / Se ficar o bicho come” (“Nunca vi huellas de víbora ni cuero de lobisón / si corres el bicho te agarra, si te quedas el bicho te come”). Se puede ver la actuación por YouTube.

 

 

 


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