Medea 11/30/2020
Danilo Albero Vergara escritor argentino
Literatura, relatos, crítica, comentarios sobre libros.

Cualquier película de acción que reúna una cohorte de actores, cuyos primeros escenarios fueron gimnasios y esteroides, para cumplir misiones de comandos tan riesgosas como abundosas en efectos especiales, queda a la altura de un poroto frente a la runfla de personajes que se embarcaron con Jasón en la nave Argo, y de cuyas aventuras y desmanes nos cuenta Apolonio de Rodas en El viaje de los Argonautas. El rol de embarque de la Argo, varía según las versiones que cuentan la epopeya, pero el más completo, el de Apolonio de Rodas, nos habla de más de medio centenar de héroes olímpicos.

Si bien el viaje, de Jasón y sus camaradas, antecede en una generación a los de Ulises y ha sido a menudo comparado con el de éste, hay diferencias abismales entre ambos protagonistas. Odiseo es “pródigo en recursos” (polymechanos) mientras que Jasón tiene “incapacidad de recursos” (amechanía), y por eso el éxito de su aventura se debe a las artes, estrategias, grandezas y miserias de Medea. La historia es conocida, Jasón, quien fue educado por el centauro Chirón, famoso pedagogo de jóvenes héroes griegos, regresa a su tierra a reclamar por su reino; llega con una sola sandalia, la otra la había perdido al ayudar a vadear el río a una anciana, quien luego del cruce se identifica como la diosa Hera, que de allí en más, lo protegerá. Al presentarse con un pie descalzo ante su tío Pelias para reclamar su trono, recibió como respuesta una tarea previa, ir a buscar el Vellocino de oro a lo que sería uno de los fines del mundo, la Cólquide -en las costas de Georgia en el Mar Negro-. Con la ayuda de otra diosa, Atenea, Jasón reclutó héroes en toda Grecia y partieron en la nave Argo.

Una vez en la Cólquide, el rey Eetes aceptó al pedido del Vellocino, pero, para no ser menos, antepuso una serie de hazañas que Jasón debería realizar y que eran, a todas luces, irrealizables por un ser humano, mucho más para uno de reconocida amechanía. En una reunión entre Hera y Minerva encuentran la solución para acudir en ayuda del héroe; como ninguna de las dos era ducha en amores, solicitan el apoyo de Venus quien mediante la intervención de su hijo, el arquero Eros, logró el flechazo que hizo que Jasón y Medea fueran fulminados por el amor y la pasión; Jasón le propuso casamiento, previo superar las pruebas y obstáculos para apropiarse del Vellocino. Así Medea, conocida por sus artes de hechicera, en abierta rebeldía con su padre y hermanos, puso sus saberes al servicio de su amado. Cumplidas las exigencias de Eetes, éste se rehusó a cumplir su promesa; Jasón, Medea, y sus compañeros emprendieron una fuga que los llevó por todo el mundo conocido; fue un viaje, aún en términos contemporáneos, fantástico.

Los fugitivos remontan el Danubio, descienden por el Adriático, lo vuelven a remontar y, a la altura de Venecia, en la desembocadura del Po, los recibe una humareda y un terrible olor a carne quemada, allí había caído Faetón fulminado por el rayo de Zeus. A continuación, navegan por el Po, cruzan al Ródano y, de río en río, llegan hasta las proximidades del mar Báltico, para volver a descender hasta el Mediterráneo, desembarcan en Libia y cruzan el desierto, y vuelven a embarcarse rumbo a Yolcos para que Jasón recupere su reinado.

El periplo, relatado en el siglo III antes de Cristo, muestra el profundo conocimiento de Asia Menor, Europa y norte de África que tenían los griegos de la era clásica; y a la vez, estuvo intermediado por asesinatos, descuartizamientos y felonías que los argonautas realizaron, instigados y ayudados por la ahora esposa de Jasón.

La última de las trampas de Medea se perpetró en Yolcos; ante la negativa de Pelias a restituirle el trono a su amado, Medea se junta con las hijas de éste y les muestra un artilugio para rejuvenecer al padre. Mata y descuartiza a un cordero viejo, lo cocina y transforma en uno joven, así convence a las hijas de Pelias para que, pociones mágicas mediante, hagan lo mismo con el padre; el resultado no fue el que éstas esperaban. De resultas de este nuevo incidente, los esposos e hijos se refugian en Corinto.

Allí empezaron las desventuras de Medea, Jasón la abandona para casarse con Glauce, hija Creonte, rey de Corinto. Medea le regala a la novia un vestido envenenado que la abrasará a ella y a su padre cuando intente socorrerla, después mata a sus hijos. La versión más acabada de esta historia es la tragedia de Eurípides, en el diálogo final, Jasón le recrimina haber llevado a cabo la peor venganza para un griego, dejarlo sólo, desesperado y sin descendientes; la incrimina diciéndole que no existe mujer griega que se hubiera atrevido a ese crimen, y la compara con el monstruo Escila. En respuesta, Medea pone en evidencia las intenciones de Jasón: luego de la boda, sería despojada de sus hijos y expulsada de Corinto.

Una princesa que por amor a un extranjero traiciona a su padre y hermanos, para luego abandonar su país puede ser un personaje romántico o naturalista, digno de Zola o Ibsen, pero no para los cánones griegos, donde la mujer es un ser sumiso, sometido a la autoridad y arbitrariedad de su padre, hermanos y esposo. Así, la arrinconada Medea opta por la única y fatal salida que se le ofrece, y la cuota de misoginia que pretende negarle a la mujer un lugar en el mundo heroico solo puede acabar de la manera que terminó la tragedia de Eurípides.

El abandono de Medea, ya había tenido un antecedente, Ariadna traicionó a sus padres para ayudar a Teseo y también fue desamparada por éste en la isla de Naxos, mientras dormía. Jasón tuvo el final que se merecía, abandonado por los dioses por el incumplimiento de su promesa, sentado al lado de su nave muere sepultado por el maderamen podrido que se desploma sobre él. Aunque la historia de Ariadna tuvo un final feliz, Dionisio, de regreso de su viaje por la India en un carro tirado por panteras y rodeado por su séquito, se encuentra con la abandonada princesa, con la que se casa y tienen varios hijos.

El monumental óleo de Tiziano en la National Gallery, registra el encuentro: el dios, ebrio de rijosidad y deseo, salta, semidesnudo de su carro en dirección a la semidesnuda Ariadna.

 


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